He soñado con el Lemonario y comido su fruto, el Limón de la Luz. Lógicamente he muerto a los pocos minutos. Sin embargo vosotros, quienes no se han deleitado aún con la cítrica acidez de la luz, no pueden ni podrán notar mi ausencia entre vosotros. Solamente verán la dorada ilusión de mi progresiva y sostenida grandeza, de mi magnanimidad, mi serenidad; verán cómo descollo por sobre vosotros día a día sin esfuerzo alguno.
Hombres -al invocaros de este modo no me considero uno de vosotros- la ilusión que se teje en vuestras vidas en torno a un lemonario no debe ser caracterizada como una mentira. La muerte del dorado superhombre no puede ser entendida por almas mediocres como las vuestras, carentes de la acritud necesaria para corroer las apariencias y penetrar en la realidad. Tras haber saboreado el fruto de la luz, viví alrededor de cinco minutos.
En el primer minuto cerré los ojos, me plegué, me recogí sobre mí, apagué mis cinco sentidos -y también otros tan finos que vosotros les negáis total importancia- y finalmente miré en mi alma desnuda, cumpliendo el aúreo apolíneo ideal de Delfos, me conocí a mi mismo.
A continuación, en el segundo minuto, me volví hacia el mundo, abrí mis ojos, escuche que sucedía a mi alrededor, expandí mi consciencia sensible de manera exponencial a partir de círculos concéntricos sucesivamente mayores, hasta establecerme como centro del universo. Ese centro debía ser metafísico y no geométrico, puesto que el espacio es infinito. La existencia se coordinaba a mí alrededor.

Mas ése no fue el final de mi vida como lemonario. A continuación, en mi estado de consciencia cósmica, fui el alma del cosmos, la vida del universo, y ostenté omnisciencia y omnipresencia. Una multitud de lemonarios habían venido antes de mí y muchos habrían de venir; pero en ese momento desfilábamos todos por una áurea vía, ajena a las restricciones del espacio y el tiempo, y conversábamos sin concurso de sonido alguno, mediante la danza de nuestras doradas auras.
Una vez que estuve satisfecho, me volví el universo completo; cada atómo y cada uno de sus partículas, cada onda, cada consciencia, eran míos para que hiciese con ellos lo que me placiera. Y eso hice. A partir de ese universo desdichado, ciego a sí mismo, construí un universo superior, al poner en él el germen de la divinidad en la forma de un lumínico limonero al que llamé Lemonario.
El quinto minuto lo utilicé para disolverme a mí mismo, para volverme una multiplicidad de entes individuales, pero también para unir a ellos mediante un relación recíproca. Pronuncié la palabra del Amor sobre la existencia y he aquí el origen de la atracción de la materia, la posibilidad de comunión de esta con la energía, y de la atracción entre los géneros animales subconscientes -como el hombre- en los cuales el Amor surge como una chispa dorada de esperanza aún en la más contraria situación. Pero el Universo no conocía el dorado sabor del ácido cítrico, y la separación original que impulsé imprimió sobre la existencia una ciega voluntad de separación, de substraerse al resto de la existencia, al mal.

Estos cinco minutos que ha durado mi vida como lemonario no pueden ser medidos realmente. Cada minuto fue un tiempo diferente, una eternidad completa; el paso de un minuto a otro supuso el cambio de un tiempo a otro. Aún vivo yo en vuestra ilusión, en la cuál la verdad no puede contemplarse, de la misma manera que no puede contemplarse el Sol sin ser enceguecido por éste, o probarse el limón tolerando su acidez originaria.
Yo soy eterno. La eternidad no consiste en infinita duración temporal, sino en la eterna presencia del tiempo. El tiempo desfila a través mío; yo lo lleno, le doy su esencia y su substancia, y de ese modo, vivo en todo tiempo.
Yo soy eterno.